Micah P. Hinson

Llego con la actuación de SEBASTOPOL en marcha, retraso que sólo me deja oír tres canciones. Dos propias y una versión de Magnetic Fields. Los propios componentes se alistan cercanos a Joy Division, Sr Chinarro, Galaxie 500 o Yo la Tengo, parte del público mueve la cabeza y los pies a un ritmo que recuerda a Los Planetas más Mercury Rev. Correctos pero manidos.

Recuerdo que el año pasado tras el subversivo puñetazo folkie en la mesa me preguntaba cómo serían recibidos discos de figuras como Will Oldham, David Berman o Bill Callahan, personajes que habían hecho suyo el trono country-folk desde principios de los noventa. A la espera del inminente a river ain`t too much love de Smog, a principios de año con en el maravilloso superwolf (Drag City ) a medias entre Will Oldham y Matt Sweeney, compruebo cómo ese trono sigue intacto, pero el año pasado gracias a un desconocido MICAH P. HINSON la duda ya quedaba disipada. Una nota de prensa truculenta -desamores, adicción a los narcóticos, en bancarrota a los 19, noches a la sombra de una cárcel,...- traza un perfil nada reseñable si no estuviésemos hablando de alguien que vive en los veintitrés.

Su debut gestado -con la ayuda de The Earlies- a caballo entre Memphis, Texas y Manchester, Micah P. Hinson and the Gospel of Progress (Overcoat /Sketchbook 2004), presente en los primeros puestos de las listas resumen del año de medio mundo gracias a una colección de canciones elegíacas, bellas, maduras y ricas tanto en verbo como en música. Y así nos presentamos 75 personas, esperando confirmar al genio en la tarima. Termina close your eyes y los aplausos ya hablan de victoria, y no una victoria asentada en el aire poético de la portada que remite al misterio y erotismo de las fotografías de principios del siglo XX, en directo Micah P. Hinson no describe la belleza a través de sábanas de seda o terciopelo azul, la encuentra en ceniceros llenos de colillas, en tragos amargos de cerveza o en las páginas crueles de un diario destrozado con una voz desgarrada y actitud que transforma el country-folk añejo del disco en el country-rock seco y duro ( don’t you ) que ahora practican Jason Molina y su Magnolia Eléctrica. Compaginando a la perfección músculo ( the possibilities ) y arte ( beneath the rose ) el tránsito por el Nashville de Kurt Wagner ( at last, our promises ) adivinado también por la apariencia o timbre, y toda la rabia desatada en la guitarra (dos cuerdas rotas, extrañamente ninguna vocal) aúpan su savoir faire entre advenedizos tales como Randall Bickford (The Strugglers), Guy Blakeslee (Entrance) o Justin Vollmar acotando el cerco con los grandes al milímetro con canciones como caught in between othe day texas sank to the bottom of the sea (¿debemos traducir la estruendosa ovación como el mejor concierto en el Club Vademecwm en lo que va de año?). No extraña pues que celebre la vida tras dejar atrás un background tan tormentoso, que llore a carcajadas o dé mil gracias en los créditos a aquellos que le han facilitado amor, comida, ropa, comprensión, compasión o cigarrillos porque su vida cuestiona palabras como estas de Satie: “Cuando era joven, me decían: ’Ya verás cuando tengas cincuenta años’. Pues tengo cincuenta años y no he visto nada” . Don Micah Paul Hinson sí ha visto y así lo cuenta. Por el aire.

Texto: Rafael Romero