Jack Rose & Glenn Jones

Cualquiera que haya visto un iceberg sabrá que la dimensión espectacular no se encuentra en la parte visible y sí en todo lo que se esconde bajo el agua. Quedarse en Devendra Banhart, para situar las bases del nuevo Folk, es racanear la superficie, lo verdaderamente deslumbrante se encuentra en la base. Vetiver, Sufjan Stevens, Espers, Iron & Wine o Cocorosie son nombres accesibles y mediáticos que pueden servir de punto de partida, pero si queremos llegar al meollo de la cuestión debemos sumergirnos más abajo.
Si los colectivos Vibracathedral Orchestra, Sunburned o No Neck Blues Band representan la anarquía - Animal Collective y Lightning Bolt el ‘folkadelic’- Faun Fables, Kiila o Fürsaxa los duendes lisérgicos - Califone, Town and Country o Larsen la experimentación más permisiva, y Josephine Foster (Born Heller, The Children’s Hour), Jana Hunter, Joanna Newsom, Christina Carter o Diane Cluck la reivindicación femenina como parte del movimiento, en Ben Chasny (Six Organs of Admittance), Steffen Basho-Junghans o Richard Bishop encontramos a los puristas. Y aquí es dónde aparecen Jack Rose (Pelt) y Glenn Jones (Cul de Sac), activistas del recuerdo del reconocido amo y señor de todo esto, el nombre tras todos los nombres, John Fahey.

Esta retaíla de datos sirve para intentar tejer la maraña de nombres que forman el Nuevo Folk y para intentar disfrazar la honestidad que me llevaría a dejar en blanco la revisión del concierto, no por querer dotarla de una falsa solemnidad y sí por encontrar en un ‘sin palabras’ la descripción más ajustada a la realidad. Supongo que las veinte personas que también estuvieron allí saben de lo que hablo.
Recurro al impacto del espacio en blanco porque hay música de la que no se puede hablar, igual que una película no se puede esculpir, un libro bailar o un cuadro escribir.
Jack Rose, drones y slide guitar para canalizar los sentimientos nacidos del corazón y Glenn Jones, acústica y doce cuerdas para explorar la minuciosidad de composiciones más ‘matemáticas’, diferentes envoltorios para el mismo regalo. Describir la música de Jack Rose es recordar el trabajo del alfarero enfrentado al torno, más preocupado por cuidar el estímulo creativo que el método, obteniendo como resultado pasajes musicales llenos de lirismo dónde confluyen de igual manera el blues más primitivo y la experimentación alimentada por el irrefrenable deseo de cuestionar los límites que ofrece el tiempo, suscitando y cuestionando la resistencia del oyente, en este caso, disperso entre la atonía y el trance.
Glenn Jones, el principal ‘culpable’ del redescubrimiento de la figura de Jonh Fahey para las generaciones que no pudieron disfrutar in situ las lindezas del nombre, viene a describir la escuela más clásica, la metodología más sesuda reflejada en un virtuosismo exagerado que no aburrido. Una guitarra convertida a orquesta de cristal para describir un paseo bajo la lluvia en un cementerio de Boston, entroncando múltiples líneas melódicas sin perder la unidad, bajo el manto de la imperturbabilidad y la serenidad del que se sabe genio pero no lo cacarea. Músicos a los que se les queda pequeña esa definición, delicatessen disfrutable para los alumnos más aventajados y para los menos doctos porque la espiritualidad no necesita de formación académica, sólo necesita ser despertada. La resaca del ‘concierto’ es la trivialidad de la cotidianeidad, la insignificancia de todo lo que nos rodea, el ¿y ahora qué? nacido de la realidad y no de la grandilocuencia.
Y aunque sabe mal que yo lo diga, tenemos respuesta, se llama Jackie-O-Motherfucker y cuando nos visite cerraremos lo que ha sido la programación más rica en contenidos del año de los últimos años. Sin Palabras.

Texto: Rafa Romero